Rojo y negro
Rojo y negro ¡Ojo con el disparo de escopeta! Se quedó pensando un momento; luego, con el dedo, se atrevió a llamar en el cristal: no hubo respuesta; llamó más fuerte. «Aunque tenga que romper el cristal, hay que acabar con esto.» Cuando estaba llamando con mucha fuerza, le pareció ver a medias, entre la total oscuridad, algo asà como una sombra blanca que cruzaba la habitación. Por fin no le quedaron ya dudas, vio una sombra que parecÃa acercarse muy despacio. De repente, vio una mejilla que se apoyaba en el cristal al que tenÃa él pegado un ojo.
Se sobresaltó y se alejó un poco. Pero la noche era tan oscura que, incluso a esa distancia, no pudo ver si era la señora de Rênal. TemÃa un primer grito de alarma; oÃa a los perros rondar, gruñendo a medias, el pie de la escalera. «Soy yo —repetÃa bastante alto—, un amigo.» No habÃa respuesta; el fantasma blanco habÃa desaparecido. «Tenga a bien abrirme; debo hablarle. ¡Soy tan desgraciado!» Y llamaba como si fuera a romper el cristal.
Se oyó un ruidito seco; la falleba de la ventana cedÃa; empujó la hoja y se metió dentro con un salto ágil.
El fantasma blanco se alejaba; lo agarró por los brazos; era una mujer. Todas sus ideas aguerridas se desvanecieron. Si es ella, ¿qué va a decir? ¡Qué no sentirÃa Julien cuando se dio cuenta, por un gritito, de que era la señora de Rênal!