Rojo y negro
Rojo y negro La estrechó en sus brazos; ella temblaba y apenas si tenÃa fuerzas para rechazarlo.
—¡Desdichado! ¿Qué está haciendo?
Su voz convulsa apenas podÃa articular esas palabras. Julien notó en ellas la indignación más auténtica.
—Vengo a verla después de catorce meses de una cruel separación.
—¡Salga de aquÃ! ¡Déjeme ahora mismo! Ay, padre Chélan, ¿por qué no me dejó escribirle? ¡HabrÃa evitado este espanto!
Lo rechazó con una fuerza realmente extraordinaria.
—Me arrepiento de mi crimen; el cielo se dignó iluminarme —repetÃa con voz entrecortada—. ¡Salga! ¡Huya!
—Después de catorce meses de desventura, no tengo intención, desde luego, de dejarla sin haber hablado con usted. Quiero saber todo cuanto ha hecho. ¡Ay, la he querido lo suficiente para merecerme esa confidencia…! Quiero saberlo todo.
Aquel acento autoritario sometÃa el corazón de la señora de Rênal a su pesar.
Julien, que la tenÃa abrazada con pasión y resistÃa a los esfuerzos de ella para liberarse, dejó de estrecharla en sus brazos. Este gesto tranquilizó un poco a la señora de Rênal.