Rojo y negro
Rojo y negro —Voy a meter la escalera —dijo Julien— para que no nos comprometa si el ruido ha despertado a algún criado y hace una ronda.
—¡Ay, salga; antes bien salga! —oyó que le decÃa ella con auténtica ira—. ¿Qué me importan a mà los hombres? Es Dios quien está viendo la espantosa escena que me está imponiendo usted y quien me castigará. Abusa cobardemente de lo que sentà por usted, pero ya no siento. ¿Me oye, señor Julien?
Él estaba metiendo la escalera muy despacio para no hacer ruido.
—¿Está tu marido en la ciudad? —le preguntó, no para desafiarla, sino movido por la antigua costumbre.
—No me hable asÃ, se lo ruego, o llamo a mi marido. Demasiado culpable soy ya al no haberlo echado pasara lo que pasara. Me inspira usted compasión —le dijo la señora de Rênal, intentando herirlo en ese orgullo de cuya irritabilidad sabÃa.
Esa forma de negarle el tuteo, esa manera brusca de romper un lazo tan tierno y con el que Julien contaba aún, llevaron al colmo del delirio el arrebato amoroso de Julien.
—¡Cómo! ¿Es posible que haya dejado de quererme? —le dijo con uno de esos acentos del corazón que tanto cuesta escuchar con sangre frÃa.
Ella no contestó; y él lloraba amargamente.