Rojo y negro
Rojo y negro Al referirle el suceso de la escalera a Julien, le dijo:
—¿Qué le contestaré a mi marido si el criado le cuenta que se encontró esa escalera?
Se quedó pensativa un instante.
—¡Necesitarán veinticuatro horas para dar con el campesino que te la vendió!
Y, arrojándose en los brazos de Julien y estrechándolo con un movimiento convulso, exclamaba, cubriéndolo de besos:
—¡Ah, morir, morir asÃ! Pero no es cosa de que te mueras de hambre —añadió, riendo—. Ven, primero voy a esconderte en la habitación de la señora Derville, que está siempre cerrada con llave.
Fue a montar guardia en el pasillo y Julien pasó corriendo.
—Cuidado con no abrir si llama alguien —le dijo, encerrándolo bajo llave—. En cualquier caso, no serÃa sino una broma de los niños jugando juntos.
—Llévalos al jardÃn, debajo la ventana —le dijo Julien—, para que tenga el gusto de verlos; hazlos hablar.
—¡SÃ, sÃ! —le gritó la señora de Rênal según se alejaba.
No tardó en regresar con naranjas, galletas y una botella de vino de Málaga; no habÃa podido robar pan.