Rojo y negro

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En estas, el juez de paz, padre de familia numerosa, dictó varias sentencias que parecieron injustas; todas ellas fueron contrarias a los vecinos que leían Le Constitutionnel. El partido de las personas de bien se regocijó. Cierto es que se trababa solo de cantidades de tres o de cinco francos; pero una de esas multas pequeñas le tocó pagarla a un fabricante de clavos, padrino de Julien. El hombre, presa de ira, exclamaba: «¡Qué cambio! ¡Y pensar que el juez de paz llevaba más de veinte años pasando por un hombre tan decente!».

El cirujano mayor, el amigo de Julien, había muerto.

De repente, Julien dejó de hablar de Napoleón, anunció que tenía el proyecto de hacerse sacerdote y lo vieron continuamente, en el aserradero de su padre, entregado al aprendizaje de una biblia en latín que le había prestado el párroco. Este bondadoso anciano, pasmado de sus progresos, se pasaba veladas enteras dándole clases de teología. Julien no mostraba en su presencia más que sentimientos piadosos. ¿Quién habría podido intuir que tras aquella cara de muchacha, tan pálida y tan dulce, se ocultaba la resolución inquebrantable de exponerse a mil muertes antes que no hacer fortuna?

Para Julien hacer fortuna era, en primer lugar, salir de Verrières: aborrecía su patria. Todo cuanto veía en ella le helaba la imaginación.


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