Rojo y negro

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En la primera infancia, la presencia de unos cuantos dragones del 6º regimiento, de largas capas blancas y llevando en la cabeza cascos con largas crines negras, que regresaban de Italia y a quienes Julien vio atar los caballos a la reja de la ventana de la casa de su padre, lo volvió loco por la profesión de militar. Más adelante, atendía entusiasmado a los relatos de las batallas del puente de Lodi, de Arcole, de Rivoli, que le refería el antiguo cirujano mayor. Se fijó en las miradas ardientes que echaba el anciano a su condecoración.

Pero, cuando tenía Julien catorce años, empezaron a edificar en Verrières una iglesia que, para una población tan pequeña, podemos calificar de magnífica. Había sobre todo cuatro columnas de mármol cuya vista lo impresionó; se hicieron famosas en la comarca por el odio mortal que despertaron entre el juez de paz y el joven vicario, enviado desde Besançon, que pasaba por ser un espía de la Congregación[6]. El juez de paz estuvo a punto de perder el cargo, o al menos tal era la opinión general. ¿Acaso no se había atrevido a tener una discrepancia con un sacerdote que iba cada quince días, o casi, a Besançon, donde veía, al parecer, al señor obispo?



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