Rojo y negro

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Al volver a la fábrica, Sorel buscó en vano a su hijo. Desconfiando de lo que pudiera ocurrir, Julien se había ido en plena noche. Había querido dejar en lugar seguro sus libros y su cruz de la Legión de Honor. Lo había llevado todo a casa de un joven que tenía un comercio de madera, un amigo suyo que se llamaba Fouqué y vivía en la elevada montaña a cuyos pies se halla Verrières.

Cuando regresó, le dijo su padre:

—¡Dios sabe, maldito vago, si tendrás alguna vez la decencia suficiente para pagarme el valor de lo que te has comido y que te llevo adelantando desde hace tantos años! Coge tus pingos y vete a casa del señor alcalde.

Julien, extrañado de que no le pegase, se apresuró a irse. Pero no bien estuvo fuera del alcance de la vista de su terrible padre, aminoró el paso. Le pareció que hacer un alto en la iglesia le vendría bien a su hipocresía.

¿Le sorprende al lector esa palabra? Antes de llegar a tan horrorosa palabra, al alma del joven aldeano había tenido que recorrer un buen trecho.


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