Rojo y negro

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—Sea —dijo el señor de Rênal—, pero acabemos de una vez.

La ira que sentía por todo aquello le prestaba un tono de firmeza. El aldeano vio que no había que seguir adelante. Entonces le tocó hacer algún progreso al señor de Rênal. No quiso de ninguna manera entregarle la primera mensualidad de 36 francos a Sorel, muy ansioso por recibirlos en nombre de su hijo. El señor de Rênal cayó en la cuenta de que tendría que contarle a su mujer el papel que había desempeñado en toda aquella negociación.

—Devuélvame los cien francos que le he dado —dijo de mal humor—. El señor Durand me debe una cosilla. Ya iré yo con su hijo a recoger el paño negro.

Tras esta decisión briosa, Sorel volvió prudentemente a sus expresiones respetuosas; duraron un cuarto de hora largo. Finalmente, viendo que estaba claro que no se le podía sacar ningún provecho más, se retiró. Su última reverencia concluyó con estas palabras:

—Voy a mandar a mi hijo al palacio.

Ese era el nombre que los administrados del señor alcalde le daban a su casa cuando querían tenerlo contento.


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