Rojo y negro

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—Bien está —dijo Sorel, arrastrando las palabras—; ya solo nos queda ponernos de acuerdo en una cosa, en el dinero que le va usted a dar.

—¡Cómo! —exclamó el señor de Rênal, indignado—. En eso estamos de acuerdo desde ayer: doy trescientos francos; creo que es mucho y quizá es incluso demasiado.

—Eso fue lo que ofreció, no lo niego —dijo Sorel, hablando aún más despacio. Y, con un empuje de genialidad que solo asombrará a quienes no conozcan a los campesinos del Franco Condado, añadió, mirando fijamente al señor de Rênal—: hay quien ofrece más.

Al oír estas palabras, se le alteró la cara al alcalde. Se recobró, no obstante, y, tras una elaborada conversación de dos horas largas, en que ni una palabra fue casual, la cazurrería del aldeano pudo a la cazurrería del hombre acaudalado, que no la necesita para vivir. Se fijaron los numerosos artículos por los que había de regirse la nueva vida de Julien; no solo quedó acordado un sueldo en 400 francos, sino que fue menester pagarlos por adelantado, el día primero de cada mes.

—Está bien; le entregaré 35 francos —dijo el señor de Rênal.

—Para que la cantidad sea redonda, a un hombre rico y generoso como nuestro señor alcalde —dijo el aldeano con voz mimosa— no le importará llegar a los 36 francos.


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