Rojo y negro
Rojo y negro Al dÃa siguiente, muy temprano, el señor de Rênal mandó llamar a Sorel, quien, tras hacerse esperar una hora o dos, llegó por fin, presentando desde la puerta cien disculpas, trenzadas con otras tantas reverencias. A fuerza de pasar revista a todo tipo de objeciones, Sorel se enteró de que su hijo comerÃa con los señores de la casa y, cuando hubiera invitados, él solo con los niños en un cuarto aparte. Cada vez más dispuesto a poner pegas según iba viendo qué auténtico y apremiante era el interés del señor alcalde, y rebosante, por lo demás, de desconfianza y extrañeza, Sorel quiso ver el cuarto en que dormirÃa su hijo. Era una habitación amplia y muy decentemente amueblada, pero a la que estaban ya llevando las camas de los tres niños.
Esta circunstancia fue un rayo de luz para el viejo aldeano; dijo en el acto, muy seguro de sà mismo, que querÃa ver el traje que le iban a proporcionar a su hijo. El señor de Rênal abrió su escritorio y sacó cien francos.
—Que vaya su hijo con este dinero al comercio del señor Durand, el pañero, a recoger un traje negro completo.
—Y aunque lo sacase yo de su casa de usted —dijo el campesino, que habÃa echado al olvido de repente los modales reverenciosos—, ¿podrÃa quedarse con el traje?
—Desde luego.