Rojo y negro
Rojo y negro —Es singular —dijo el sacerdote con una sonrisa amarga— que a una persona pobre como usted, y tras un año en el seminario, le queden aún indignaciones virtuosas como esta. ¡Ha tenido que estar muy ciego!
«¿Será la fuerza de la sangre?», se dijo el sacerdote a media voz y como si hablase consigo mismo.
—Lo singular —añadió, mirando a Julien— es que el marqués lo conoce… No sé cómo. Para empezar le concede un sueldo de cien luises. Es un hombre que solo actúa a impulso de caprichos, ese es el defecto que tiene; rivalizará con usted en niñerÃas. Si está satisfecho, su sueldo podrá llegar más adelante a los ocho mil francos. Pero se dará cuenta —añadió el sacerdote— de que no le da eso por su cara bonita. De lo que se trata es de que le resulte de utilidad. Yo, en su lugar, hablarÃa muy poco y, sobre todo, no hablarÃa nunca de lo que no sepa. ¡Ah! —siguió diciendo—; me he informado para informarlo a usted; se me estaba olvidando la familia del señor de La Mole. Tiene dos hijos, una hija y un hijo de diecinueve años, un elegante por excelencia, algo asà como un alocado que nunca sabe a mediodÃa qué va a hacer a las dos. Es ingenioso y valiente; guerreó en España. El marqués espera, no sé por qué, que se haga usted amigo del joven conde Norbert. Le he dicho que es un gran latinista: a lo mejor cuenta con que le enseñe a su hijo unas cuantas frases hechas acerca de Cicerón y Virgilio.