Rojo y negro
Rojo y negro «Cuando consiguió Bonaparte que hablasen de él, Francia temía una invasión; el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy en día, vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen emolumentos de cien mil francos, es decir, tres veces más que los famosos generales de división de Napoleón. Necesitan personas que los secunden. Ahí tenemos al juez de paz, con tan buena cabeza, tan honrado hasta ahora, tan viejo, que se deshonra por temor a desagradar a un vicario joven, de treinta años. Hay que ser sacerdote.»
En una ocasión, metido de lleno en su reciente fervor, pues llevaba Julien dos años ya estudiando teología, lo traicionó una irrupción súbita del fuego que le devoraba el alma. Fue en casa del padre Chélan, en el curso de una cena de sacerdotes en que el buen párroco lo había presentado como un prodigio de instrucción: incurrió en una alabanza arrebatada de Napoleón. Se ató el brazo derecho, pegado al pecho, aseguró que se había dislocado el brazo al mover un tronco de abeto y lo llevó dos meses en esta postura incómoda. Tras esta penosa enmienda, se perdonó. Tal era el joven de diecinueve años, pero débil en apariencia y a quien, como mucho, se le podrían haber echado diecisiete, que, con un paquetito debajo del brazo, estaba entrando en la magnífica iglesia de Verrières.