Rojo y negro
Rojo y negro La halló oscura y solitaria. Con motivo de una festividad, habían tapado todas las ventanas del edificio con una tela carmesí. El resultado, con los rayos del sol, era una luz deslumbradora, de la categoría más imponente y religiosa. Julien se sobresaltó. Solo en la iglesia, se acomodó en el banco de mejor apariencia. Llevaba las armas del señor de Rênal.
En el reclinatorio, le llamó la atención a Julien un trozo de papel impreso, desdoblado, como para que lo leyesen. Fijó en él los ojos y vio:
Detalles de la ejecución y de los últimos momentos de Louis Jenrel, ejecutado en Besançon el…
El papel estaba roto. Por detrás podían leerse las dos primeras palabras de una línea. A saber: «El primer paso».
—¿Quién habrá podido dejar este papel aquí? —dijo Julien. Añadió con un suspiro—. Pobre desdichado, su apellido acaba igual que el mío… —Y arrugó el papel.
Al salir, a Julien le pareció ver sangre cerca de la pila del agua bendita; era agua que se había caído: el reflejo de las cortinas rojas que tapaban las ventanas le daba apariencia de sangre.
Julien se avergonzó, en resumidas cuentas, de aquel terror secreto.
«¿Seré un cobarde? —se dijo—; ¡a las armas!»