Rojo y negro
Rojo y negro Esta expresión, tan repetida en los relatos de batallas del viejo cirujano, le parecía heroica a Julien. Se puso de pie y se encaminó rápidamente a casa del señor de Rênal.
Pese a sus buenas resoluciones, no bien la vislumbró a veinte pasos de distancia se apoderó de él una timidez invencible. La verja de hierro estaba abierta; le parecía espléndida; tenía que entrar por ella.
No era Julien la única persona a quien le turbaba el corazón su llegada a aquella casa. Pensar en ese extraño que, por su cometido, iba a interponerse continuamente entre ella y sus hijos, tenía desconcertada la extremada timidez de la señora de Rênal. Estaba acostumbrada a que sus hijos durmiesen en su cuarto. Por la mañana, había derramado muchas lágrimas al ver cómo se llevaban sus camitas a los aposentos destinados al preceptor. En vano le pidió a su marido que volviesen a llevar a su habitación la cama de Stanislas-Xavier, el más pequeño.
La delicadeza propia de la mujer alcanzaba un grado extremo en la señora de Rênal. Tenía en el pensamiento la imagen más desagradable que darse pueda de una persona zafia y despeinada encargada de reñir a sus hijos solo por el hecho de saber latín, una lengua bárbara que tendría la culpa de que los azotasen.