Rojo y negro
Rojo y negro Durante la cena, hablando con su padre de punta a punta de la mesa, hizo justicia a la intrepidez de Julien; era todo cuanto podía elogiarse de su forma de montar a caballo. El joven conde había oído aquella mañana a los criados que estaban almohazando a los caballos en el patio reírse de Julien afrentosamente con el pretexto de su caída.
Pese a tanta bondad, Julien no tardó en sentirse completamente aislado en aquella familia. Todos los usos le parecían singulares y no cumplía con ninguno. Sus majaderías regocijaban a los ayudas de cámara.
El padre Pirard se había ido a su parroquia. «Si Julien es un débil junco, que perezca; y si es un hombre cabal que salga adelante él solo», pensaba.