Rojo y negro

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—Quería tener el honor de agradecerle las bondades que ha tenido conmigo; crea, señor —añadió Julien con mucha solemnidad—, que sé muy bien cuánto le debo. Si su caballo no está herido tras mi torpeza de ayer y si está disponible querría montarlo ahora.

—A fe mía, mi querido Sorel, usted sabrá lo que hace. Suponga que le he hecho todas las observaciones que exige la prudencia; el hecho es que son las cuatro y no tenemos tiempo que perder.

Una vez que Julien estuvo a caballo, le preguntó al joven conde:

—¿Qué debo hacer para no caerme?

—Muchas cosas —contestó Norbert, riendo a carcajadas—; por ejemplo, echar el cuerpo hacia atrás.

Julien se puso al trote. Estaban en la plaza de Louis XVI.

—¡Ah, joven temerario! —dijo Norbert—. Hay demasiados coches y en los que además van subidos unos imprudentes. Si da usted con el cuerpo en tierra, sus tílburis le pasaran por encima; no van a arriesgarse a herirle la boca a su caballo parándolo en seco.

Veinte veces vio Norbert a Julien a punto de caerse; pero por fin acabó el paseo sin accidentes. Al volver, el joven conde le dijo a su hermana:

—Le presento a un insensato muy intrépido.


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