Rojo y negro

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Al día siguiente, Julien fue a dos clases de teología y volvió luego para copiar unas veinte cartas. Se encontró acomodado junto a su sitio en la biblioteca a un joven muy atildado, pero de porte mezquino y con la envidia pintada en la cara.

Entró el marqués.

—¿Qué hace usted aquí, señor Tanbeau? —le dijo al recién llegado con tono severo.

—Creía… —contestó el joven con sonrisa servil.

—No, caballero, usted no creía nada. Esto es un intento, pero muy desafortunado.

El joven Tanbeau se puso de pie, rabioso, y se esfumó. Era un sobrino del académico amigo de la señora de La Mole, que se destinaba a la carrera de las letras. El académico había conseguido la promesa de que el marqués lo tomaría de secretario. Tanbeau, que trabajaba en un cuarto apartado, sabedor del favor de que disfrutaba Julien y queriendo compartirlo había llevado esa mañana su escritorio a la biblioteca.

A las cuatro, Julien se atrevió, tras titubear un rato, a presentarse en los aposentos del conde Norbert. Este iba a montar a caballo y se vio en un apuro, pues era exquisitamente educado.

—Me parece —le dijo a Julien— que no tardará usted en ir a un picadero y, tras unas cuantas semanas, estaré encantado de montar a caballo con usted.


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