Rojo y negro
Rojo y negro —El señor conde es muy bondadoso conmigo —dijo Julien— y se lo agradezco en todo lo que vale. Se dignó disponer que me dieran el caballo más manso y más bonito; pero, en fin, no podÃa atarme a él y, por no haber tomado esa precaución, me caà en medio de esa calle tan plana, cerca del puente.
La señorita Mathilde intentó en vano disimular una carcajada: luego su indiscreción pidió detalles. Julien salió del paso con mucha sencillez; tuvo encanto sin saberlo.
—Le auguro a este curita muy buen porvenir —le dijo el marqués al académico—. ¡Un provinciano sencillo en semejante lance! Nunca se ha visto y nunca se volverá a ver. Y, encima, ¡cuenta su percance delante de las señoras!
Julien puso tan a gusto a sus oyentes con su mala suerte que al final de la cena, cuando la conversación general se habÃa ido ya por otros derroteros, la señorita Mathilde seguÃa preguntándole a su hermano detalles del malhadado acontecimiento. Como las preguntas seguÃan y sus ojos se encontraron con los de Julien en varias ocasiones, este se atrevió a responder directamente aunque a él no le preguntasen nada, y los tres acabaron riéndose como habrÃan podido reÃr tres vecinos jóvenes de un pueblo perdido en lo hondo de un bosque.