Rojo y negro
Rojo y negro El conde Norbert se presentó en la biblioteca a eso de las tres; iba a estudiar un periódico para poder hablar de política por la noche y le agradó mucho encontrarse con Julien, de cuya existencia se había olvidado. Se portó perfectamente con él; le propuso montar a caballo.
—Mi padre nos deja libres hasta la hora de la cena.
Julien entendió ese nos y le pareció encantador.
—A decir verdad, señor conde —dijo Julien—, si se tratase de cortar un árbol de ochenta pies de altura, desbastarlo y convertirlo en tablones, saldría airoso del paso, me atrevo a decirlo, pero montar a caballo es algo que no me ha ocurrido más de seis veces en la vida.
—Pues esta será la séptima —dijo Norbert.
En el fondo, Julien recordaba la entrada del rey de… en Verrières y creía que montaba estupendamente a caballo. Pero, según volvían del bosque de Boulogne, en plena calle de Le Bac, se cayó al querer evitar repentinamente a un cabriolé y se llenó de barro. Afortunadamente tenía dos fracs. Durante la cena, el marqués, que quería dirigirle la palabra, le preguntó por el paseo; Norbert se apresuró a contestar con generalidades.