Rojo y negro

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Puso en la primera línea a cinco o seis amigos de la casa, que le bailaban el agua por si acaso, pensando que lo amparaba algún capricho del marqués. Eran unos infelices, más o menos rastreros; pero hay que decir, a favor de esa clase de hombres, tal y como nos la encontramos hoy en los salones de la aristocracia, que no eran igual de rastreros con todo el mundo. Alguno había que habría permitido que lo maltratase el marqués, pero se habría encrespado ante una palabra dura que le hubiera dirigido la señora de La Mole.

En el fondo del carácter de los señores de la casa había demasiado orgullo y demasiado hastío; estaban demasiado acostumbrados a ofender y distraerse así del hastío para que pudieran aspirar a tener amigos de verdad. Pero, salvo los días de lluvia y en los momentos de aburrimiento feroz, que no eran frecuentes, siempre eran totalmente corteses.

Si los cinco o seis obsequiosos que le mostraban tan paternal amistad a Julien hubiesen dejado de ir por el palacete de La Mole, la marquesa habría quedado expuesta a prolongados ratos de soledad; y, desde el punto de vista de las mujeres de esa categoría, la soledad es espantosa: es emblema de que se ha caído en desgracia.


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