Rojo y negro
Rojo y negro El marqués se portaba de forma impecable con su mujer; estaba pendiente de que tuviera siempre su salón lo bastante frecuentado; no por senadores: esos nuevos colegas suyos no le parecían lo suficientemente nobles para ir a su casa como amigos ni lo suficientemente entretenidos para que los recibieran como subalternos.
Hasta mucho más adelante no cayó Julien en la cuenta de esos secretos. De la política de los dirigentes, que es motivo de conversación en las casas de la burguesía, no se trata en las de la clase a la que pertenecía el marqués sino en los casos desesperados.
Es tanto aún, incluso en este siglo de aburrimiento, el imperio de la necesidad de divertirse que, incluso los días en que había cena, todo el mundo salía escapado en cuanto el marqués dejaba el salón. Con tal de que no se gastasen bromas ni con Dios ni con los curas ni con el rey, ni con las personas con cargos en el gobierno ni con los artistas a quienes protegía la corte ni con nada de lo instituido; con tal de que no se hablase bien ni de Béranger ni los periódicos de la oposición ni de Voltaire ni de Rousseau ni de nadie que se permitiera cierta libertad de palabra; con tal sobre todo de que no se hablase nunca de política, se podían tocar libremente todos los temas.