Rojo y negro

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No hay cien mil escudos de renta ni condecorado con la Orden del Espíritu Santo que puedan luchar con la carta magna de un salón así. La mínima idea viva parecía grosera. Pese al buen tono, a la perfecta urbanidad, al deseo de resultar agradables, se leía el aburrimiento en todas las caras. Los jóvenes que acudían a presentar sus respetos, temerosos de hablar de algo que hiciera sospechar que tenían alguna idea o de desvelar alguna lectura prohibida, se quedaban callados tras unas cuantas palabras muy elegantes sobre Rossini o el tiempo que hacía.

Julien observó que la conversación solían mantenerla viva dos vizcondes y cinco barones a quienes había conocido el señor de La Mole en la emigración. Esos caballeros disfrutaban de entre seis y ocho mil libras de renta; cuatro eran partidarios de La Quotidienne y tres de La Gazette de France. Uno de ellos tenía a diario alguna anécdota de Palacio que contar en que no se escatimaba la palabra «admirable». Julien se fijó en que tenía cinco condecoraciones; los demás solo tenían tres por lo general.

En compensación, en la antecámara había diez lacayos de librea; y servían toda la velada helados, o té cada cuarto de hora; y, alrededor de la medianoche, algo así como una cena tardía con vino de Champaña.


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