Rojo y negro
Rojo y negro Esa era la razón por la que Julien se quedaba de vez en cuando hasta el final; por lo demás, casi no era capaz de entender que nadie pudiera escuchar en serio la conversación vulgar de aquel salón tan espléndidamente dorado. A veces miraba a los interlocutores para ver si no se estarían riendo de lo que ellos mismos decían. «Mi señor de Maistre, que me sé de memoria, dijo cosas cien veces más interesantes —pensaba—, y eso que es aburridísimo.»
Julien no era el único en ser consciente de esa asfixia espiritual. Unos se consolaban tomando muchos helados; otros con el gusto de pasarse el resto de la velada diciendo: «Vengo del palacio de La Mole, donde me he enterado de que Rusia, etc.»…
Julien supo por uno de los obsequiosos, que aún no hacía seis meses que la señora de La Mole había recompensado una asiduidad de más de veinte años haciendo que nombrasen prefecto al pobre barón Le Bourguignon, que llevaba siendo subprefecto desde la Restauración.