Rojo y negro
Rojo y negro Este magno acontecimiento había vuelto a templar la diligencia de todos esos caballeros; antes pocas cosas les habrían molestado; ahora ya dejó de molestarles todo. Pocas veces eran directas las faltas de consideración, pero Julien había sorprendido ya en la mesa dos o tres breves diálogos entre el marqués y su mujer que resultaban dolorosos a quienes se sentaban cerca de ellos. Esos nobles personajes no disimulaban el sincero desprecio por cualquiera que no descendiese de personas que subieran en las carrozas del rey. Julien observó que la palabra «cruzada» era la única que daba a su rostro una expresión de profunda solemnidad mezclada con respeto. En el respeto ordinario había siempre un toque de suficiencia.
Entre toda aquella magnificencia y todo aquel aburrimiento, Julien solo sentía interés por el marqués de La Mole; le agradó oírlo asegurar un día que él no había tenido nada que ver en el ascenso del pobre Le Bourguignon. Era una atención con la marquesa; Julien sabía la verdad por el padre Pirard.
Una mañana en que el sacerdote estaba dedicado con Julien, en la biblioteca del marqués, al eterno pleito con De Frilair, este preguntó de repente:
—Padre, cenar todos los días con la señora marquesa ¿es una de mis obligaciones o es una consideración que tienen conmigo?