Rojo y negro

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—¡Es un honor insigne! —contestó el sacerdote, escandalizado—. El señor M., el académico, que lleva quince años de agasajos asiduos, no ha podido conseguirlo para su sobrino, el señor Tanbeau.

—A mí, padre, me resulta la parte más penosa de mi trabajo. Me aburría menos en el seminario. A veces veo bostezar hasta a la señorita de La Mole, que, sin embargo, debe de estar acostumbrada a la amabilidad de los amigos de la casa. Me da miedo quedarme dormido. Por favor, consígame permiso para ir a cenar por dos francos a algún figón que no conozca nadie.

El sacerdote, que era un auténtico advenedizo, era muy sensible al honor de cenar con un gran señor. Mientras se esforzaba por hacerle entender a Julien ese punto de vista, un leve ruido hizo que volvieran la cabeza. Julien vio a la señorita de La Mole, que estaba escuchando. Se ruborizó. Ella había ido a buscar un libro y lo había oído todo; sintió cierta consideración por Julien. «Este no ha nacido de rodillas —pensó—, como ese cura viejo. ¡Dios santo, qué feo es!»




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