Rojo y negro
Rojo y negro Julien notó algo singular en el salón: era un movimiento de todos los ojos hacia la puerta y un repentino silencio a medias. El lacayo estaba anunciando al célebre barón de Tolly, en quien las elecciones acababan de clavar todas las miradas. Julien se acercó y lo vio a la perfección. El barón presidía un colegio electoral: se le ocurrió la luminosa idea de escamotear los trocitos cuadrados de papel en que iban los votos de uno de los dos partidos. Pero, para compensarlo, los iba sustituyendo sobre la marcha por otros trocitos de papel donde figurase un nombre que fuera de su agrado. Algunos electores se percataron de esa maniobra decisiva y les faltó tiempo para elogiársela al barón de Tolly. El buen hombre todavía tenía el color quebrado después de este magno asunto. Algunas cabezas retorcidas habían mencionado la palabra «presidio». El señor de La Mole lo recibió con frialdad. El pobre barón se escabulló.
—Se marcha tan deprisa porque va a casa del señor Comte[39] –dijo el conde Chalvet; y todo el mundo se echó a reír.