Rojo y negro
Rojo y negro A Julien lo irritó oírlo, aunque ella tenía razón. El padre Pirard era, sin que nadie pudiera decir lo contrario, el hombre más cabal del salón, pero con aquella cara cuajada de manchas rojas, que le alteraban los remordimientos de conciencia, estaba repulsivo en esos momentos. «Como para fiarse de las fisonomías —pensó Julien—; cuando la exquisitez del padre Pirard se está reprochando algún pecadillo es cuando tiene un aspecto atroz; mientras que en la cara de Napier, un espía que todos conocen, se lee una dicha pura y sosegada.» El padre Pirard había hecho, empero, grandes concesiones a su partido; tenía criado e iba muy bien vestido.