Rojo y negro
Rojo y negro El severo padre Pirard estaba, enfurruñado, en un rincón del salón, oyendo los nombres que anunciaban los lacayos.
—AsĂ que esto es un antro —decĂa, igual que Basilio[38]—; solo veo entrar a personas corrompidas.
Y es que el severo sacerdote no sabĂa nada de la alta sociedad. Pero, por sus amigos los jansenistas, tenĂa unas nociones muy exactas de esos hombres que no llegan a los salones sino por su gran agudeza al servicio de todos los partidos o por su escandalosa fortuna. Aquella noche pasĂł unos cuantos minutos contestando con abundancia de corazĂłn a las preguntas vehementes de Julien y, luego, se detuvo en seco, desconsolado por tener que hablar siempre mal de todo el mundo y reprochándoselo como pecado suyo. Atrabiliario, jansenista y convencido del deber de la caridad cristiana, su vida en sociedad era un combate.
—¡Qué cara tiene el padre Pirard ese! —estaba diciendo la señorita de La Mole según se acercaba Julien al sofá.