Rojo y negro

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Cuatro jóvenes muy serios, que lo rodeaban, pusieron mala cara; a esos caballeros no les gusta el estilo zumbón. El conde vio que había ido demasiado lejos. Afortunadamente, vislumbró al buen señor Balland, un tartufo de la integridad. El conde empezó a hablar con él: los demás se acercaron, se dieron cuenta de que aquello iba a ser la inmolación del pobre Balland. A fuerza de moral y de moralidad, aunque era espantosamente feo, tras unos primeros pasos en sociedad difíciles de referir, el señor Balland se casó con una mujer riquísima, que falleció; y, después, con otra mujer riquísima que no aparece por ninguna reunión. Disfruta con total humildad de sesenta mil libras de renta y no le faltan los aduladores. El conde Chalvet le habló de todas esas cosas sin compasión. No tardaron en tener alrededor un corro de treinta personas. Todo el mundo sonreía, incluso los jóvenes serios, la esperanza del siglo.

«¿Por qué viene a casa del señor de La Mole, donde está claro que es el hazmerreír?», pensó Julien. Y se acercó al padre Pirard para preguntárselo.

El señor Balland hizo mutis.

—Bien —dijo Norbert—; ya se ha marchado uno de los espías de mi padre: solo queda Napier, el cojito.

«¿Será ese el quid del enigma? —pensó Julien—. Pero, en tal caso, ¿por qué recibe el marqués al señor Balland?»


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