Rojo y negro
Rojo y negro «Este hombre no conversa, diserta», estaba diciendo alguien detrás de Julien. Se dio la vuelta y se puso encarnado de satisfacción cuando oyó que se dirigían a él llamándolo conde Chalvet. «Es el hombre más sutil del siglo.» Julien se había topado muchas veces con su nombre en el Memorial de Santa Elena y los fragmentos de historia dictados por Napoleón. El conde Chalvet era de palabra breve; sus salidas eran relámpagos certeros, vivos, profundos. Si se refería a algún asunto, en el acto se notaba que el debate había dado un paso adelante. Aportaba hechos, era un placer oírlo. Por lo demás, en política era de un cinismo insolente.
—Yo es que soy independiente —le estaba diciendo a un caballero que lucía tres condecoraciones y del que, aparentemente, se estaba riendo—. ¿Por qué pretenden que tenga hoy la misma opinión que hace seis semanas? En tal caso, mi opinión sería mi tirano.