Rojo y negro

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Julien se apartó del sofá. Poco sensible aún a las exquisitas sutilezas de una burla superficial, para reírse de una broma tenía la pretensión de que estuviera fundada. No veía en las palabras de aquellos jóvenes sino un tono de desacreditación generalizada que le causaba escándalo. Su mojigatería de provincias o inglesa veía incluso en él envidia, cosa en que se equivocaba sin lugar a dudas.

«El conde Norbert —se decía—, a quien he visto redactar tres borradores para una carta de veinte líneas a su coronel, podría considerarse afortunado si hubiera escrito en su vida una página como las del señor Sinclair.»

Pasando inadvertido por su poca importancia, Julien se fue acercando sucesivamente a varios grupos. Seguía a distancia al barón Bâton y quería oírlo hablar. Aquel hombre tan ingenioso parecía preocupado, y Julien no lo vio reponerse un poco hasta que se le hubieron ocurrido tres o cuatro frases con chispa. Le pareció a Julien que esa clase de ingenio necesitaba espacio.

El barón no podía decir frases breves; precisaba por lo menos cuatro de seis líneas cada una para resultar brillante.


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