Rojo y negro
Rojo y negro El padre Pirard se fue a un salón contiguo; Julien fue tras él.
—Al marqués no le gustan los que emborronan papel, se lo aviso: es la única antipatÃa que tiene. Sepa latÃn, y griego si puede, y la historia de los egipcios y de los persas, etc. y lo honrará y lo protegerá como a un sabio. Pero ni se le ocurra escribir una página en francés y, sobre todo, acerca de temas serios y por encima de su posición en sociedad, porque lo llamará emborronador y lo tendrá atravesado. ¿Cómo es que, viviendo en el palacio de un gran señor, no está enterado de la frase del duque de Castries hablando de D’Alembert y de Rousseau: «Quieren razonar de todo y no tienen ni mil francos de renta»?
«Todo se sabe —pensó Julien—, igual aquà que en el seminario.» HabÃa escrito ocho o diez páginas bastante enfáticas: era algo asà como un elogio histórico del anciano cirujano mayor, quien, decÃa, habÃa hecho de él un hombre. «Y ese cuadernito —se dijo Julien— siempre ha estado bajo llave.» Subió a su habitación, quemó su manuscrito y regresó al salón. Los bribones brillantes ya se habÃan ido. Solo quedaban los hombres condecorados.