Rojo y negro

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Alrededor de la mesa, que la servidumbre acababa de traer ya servida, había siete u ocho mujeres muy nobles, muy beatas y muy afectadas, de entre treinta y treinta y cinco años. La brillante mariscala de Fervaques entró disculpándose por lo avanzado de la hora. Eran más de las doce de la noche: fue a sentarse junto a la marquesa. Julien se quedó muy conmovido; tenía los ojos y la mirada de la señora de Rênal.

El grupo de la señorita de La Mole era nutrido aún. Se dedicaba, junto con sus amigos, a reírse del desdichado conde de Thaler. Era el hijo único del famoso judío, célebre por la riqueza adquirida prestando dinero a los reyes para luchar contra los pueblos. El judío acababa de morirse, dejando a su hijo cien mil escudos de renta mensuales y un apellido, ¡ay!, excesivamente conocido. Tan singular posición habría requerido un carácter sencillo o mucha fuerza de voluntad.

Desafortunadamente el conde no era sino un buen hombre al que adornaban toda clase de pretensiones que le metían en la cabeza sus aduladores.

El señor de Caylus aseguraba que le habían atribuido la voluntad de pedir la mano de la señorita de La Mole (a quien cortejaba el marqués de Croisenois, que iba a ser duque con cien mil libras de renta).

—¡Ay, no lo acuse de tener voluntad! —decía lastimeramente Norbert.


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