Rojo y negro

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De lo que más carecía el pobre conde de Thaler era de la facultad de querer algo. Por esa faceta de su carácter habría merecido ser rey. Pedía continuamente consejos a todo el mundo y no tenía el valor de atenerse hasta el final a ninguna opinión.

Habría bastado con su fisonomía, decía la señorita de La Mole, para proporcionarle un júbilo eterno. Era una mezcla singular de desasosiego y chasco; pero, de vez en cuando, se le notaban perfectamente ráfagas de importancia y de ese tono tajante que debe tener el hombre más rico de Francia, sobre todo cuando es bastante buen mozo y no ha cumplido aún los treinta y seis años. «Es tímidamente insolente», decía el señor de Croisenois. El conde de Caylus, Norbert y dos o tres jóvenes bigotudos se estuvieron riendo de él cuanto quisieron sin que lo sospechase y, por fin, lo despidieron cuando estaba dando la una:

—¿Son sus famosos caballos árabes los que lo están esperando a la puerta con el tiempo que hace? —le dijo Norbert.

—No, es un tiro nuevo mucho menos caro —contestó el señor de Thaler—. El caballo de la izquierda me cuesta cinco mil francos y el de la derecha solo vale cien luises; pero le ruego que tenga la seguridad de que solo lo mando enganchar por las noches. Es que tiene un trote exactamente igual que el del otro.


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