Rojo y negro
Rojo y negro Su elevada misión consiste en juzgar sin alterarse los acontecimientos menudos de la vida cotidiana de los pueblos. Su sabiduría debe prever las grandes iras por motivos pequeños o por acontecimientos que la voz de la fama transfigura al darles mucho alcance.
GRATIUS
Para ser un recién llegado que, por altivez, nunca preguntaba nada, Julien no cometió demasiadas sandeces. Un día en que un chaparrón repentino lo hizo meterse en un café de la calle de Saint-Honoré, un hombre alto con levita de castorina, a quien extrañó su mirada hosca, lo miró también, exactamente igual a como lo había hecho tiempo atrás en Besançon el amante de la señorita Amanda.
Julien se había reprochado con demasiada frecuencia haber dejado pasar la ofensa aquella para tolerar esa mirada. Le pidió cuentas de ella al hombre de la levita. Este le espetó en el acto los insultos más soeces: todos cuantos estaban en el café les hicieron corro; los viandantes se detenían delante de la puerta. Por precaución de provinciano, Julien llevaba siempre encima unas pistolitas; las apretaba con la mano, dentro del bolsillo, con ademán convulso. No obstante, fue sensato y se limitó a repetirle al hombre a cada minuto: Caballero, ¿cuál es su dirección? Lo desprecio.