Rojo y negro

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La constancia con que se empecinaba en esas siete palabras acabó por llamarle la atención al gentío.

—¡La verdad es que ese que está hablando solo tiene que darle la dirección!

El hombre de la levita, al oír repetir con frecuencia esa decisión, le tiró a la cara a Julien cinco o seis tarjetas. Afortunadamente no dio en el blanco; Julien se había prometido no usar las pistolas más que si le ponía la mano encima. El hombre se fue, no sin volverse de vez en cuando para amenazarlo con el puño e insultarlo.

Julien notó que estaba empapado en sudor. «Así que el más bellaco de los hombres puede alterarme hasta este punto —se decía con rabia—. ¿Cómo matar esta sensibilidad tan humillante?»

¿Dónde hallar un testigo? No tenía ni un amigo. Había conocido a varias personas; pero todas, regularmente, al cabo de seis semanas de trato, se alejaban de él. «Soy insociable y este es el cruel castigo», pensaba. Por fin, se le ocurrió ir a ver a un antiguo teniente del 96º, llamado Liéven, un pobre diablo con quien practicaba el tiro con frecuencia. Julien fue sincero con él.

—Estoy dispuesto a ser su testigo —dijo Liéven—, pero con una condición: si no hiere a su hombre, se batirá conmigo en el acto.


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