Rojo y negro
Rojo y negro —Le falta facilidad, pero no ingenio —le dijo la señorita de La Mole a su padre mientras bromeaban acerca de la condecoración que le habÃa dado este a Julien—. Mi hermano estuvo ocho meses pidiéndosela ¡y es un La Mole!
—SÃ, pero Julien es sorprendente, que es algo que nunca le ha sucedido a ese La Mole de quien me habla.
Anunciaron al señor duque de Retz.
Mathilde dio un bostezo irreprimible; reconocÃa los dorados antiguos y los visitantes habituales de siempre del salón paterno. Se hacÃa una idea totalmente aburrida de la vida que iba a reanudar en ParÃs. Y, sin embargo, en Hyères, echaba de menos ParÃs.
«¡Y eso que tengo diecinueve años! —pensaba—; la edad de la felicidad, dicen todos esos sandios con cantos dorados.» Estaba mirando ocho o diez tomos de poesÃa nuevos que se habÃan amontonado, durante el viaje a Provenza, encima de la consola del salón. TenÃa la desgracia de ser más inteligente que los señores de Croisenois, de Caylus, de Luz y que sus demás amigos. Se imaginaba todo cuanto iban a decirle acerca del hermoso cielo provenzal, la poesÃa, el Sur, etc., etc.
Aquellos ojos tan hermosos en los que alentaba el hastÃo más hondo y, peor aún, la desesperanza de encontrar el placer, se posaron en Julien. Él, al menos, no se parecÃa a ningún otro.