Rojo y negro
Rojo y negro —Señor Sorel —le dijo con esa voz apremiante y breve sin nada femenino de las jóvenes de clase alta—, señor Sorel, ¿va esta noche al baile del señor de Retz?
—Señorita, no he tenido el honor de que me presenten al señor duque. (Hubiérase dicho que esas palabras y ese tÃtulo le desollaban los labios al orgulloso provinciano.)
—Le ha encargado a mi hermano que lo lleve consigo; y, en el caso de ir, me habrÃa dado detalles de la finca de Villequier; se está hablando de que vayamos en primavera. Me gustarÃa saber si hay forma de vivir en el castillo y si los alrededores son tan bonitos como dicen. ¡Hay tantas reputaciones usurpadas!
Julien no contestaba.
—Vaya al baile con mi hermano —añadió ella en tono muy seco.
Julien le hizo un saludo respetuoso. «Asà que incluso en pleno baile les debo explicaciones a todos los miembros de la familia. ¿Es que acaso no me pagan como encargado de negocios? —Su enojo añadió—: Y, además, ¡Dios sabe si lo que le diga a la hija no estorbará los proyectos del padre, del hermano o de la madre! Esto es una auténtica corte de prÃncipe soberano. HabrÃa que ser completamente nulo y, sin embargo, no darle a nadie motivos de queja.»