Rojo y negro
Rojo y negro Esa pregunta vehemente e indiscreta, al herir hondamente a Julien, le devolvió todos sus desvarÃos.
—¿Hizo bien Danton en robar? —le dijo bruscamente y con una expresión que se volvÃa más y más hosca—. ¿Los revolucionarios del Piamonte y de España debÃan comprometer al pueblo con sus crÃmenes? ¿Dar a personas incluso carentes de méritos todos los cargos del ejército, todas las condecoraciones? ¿Las personas que llevasen esas condecoraciones no hubieran temido el regreso del rey? ¿HabÃa que saquear el tesoro de TurÃn? En pocas palabras, señorita —dijo acercándose a ella con un aire terrible—, ¿el hombre que quiera expulsar de la tierra la ignorancia y el crimen debe pasar como la tormenta y hacer el mal como al azar?
Mathilde se asustó, no pudo sostenerle la mirada y retrocedió dos pasos. Se quedó mirándolo un instante; luego, avergonzada de su temor, salió de la biblioteca con paso ligero.