Rojo y negro
Rojo y negro »Si le pregunto a alguien el motivo de ese luto, resultará que he vuelto a incurrir en una torpeza.» Julien había salido ya por completo de las profundidades de su entusiasmo. «Tengo que volver a leer todas las cartas que he escrito esta mañana; Dios sabe cuántas palabras veré que me he saltado y con cuantas patochadas me encontraré.» Cuando estaba leyendo, con mayor atención, la primera de las cartas, oyó muy cerca de él el roce de un vestido de seda; se dio la vuelta rápidamente; la señorita de La Mole estaba a dos pasos y se reía. Esta segunda interrupción enojó a Julien.
En cuanto a Mathilde, acababa de sentir intensamente que no era nada para ese joven; aquella risa pretendía ocultar su apuro; lo consiguió.
—Es evidente que está pensando en algo muy interesante, señor Sorel. ¿No será alguna anécdota curiosa acerca de la conspiración que nos ha traído a París al señor conde Altamira? Dígame de qué se trata; estoy deseando saberlo; le juro que seré discreta.
La dejó asombrada esta palabra al oírse pronunciarla. ¡Cómo! ¡Estaba suplicando a un subalterno! Como su apuro crecía, añadió con cierto tonillo de frivolidad:
—¿Qué ha podido convertirlo a usted, que suele ser tan frío, en un ser inspirado, en una especie de profeta de Miguel Ángel?