Rojo y negro

Rojo y negro

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En vano le pidió un tomo de la historia de Francia de Vély, que estaba en el estante más alto, lo que obligó a Julien a ir a buscar la mayor de las dos escaleras; Julien había acercado la escalera, había buscado el tomo y se lo había dado, sin conseguir aún pensar en ella. Al llevarse la escalera, iba tan abstraído que dio un codazo en uno de los espejos de la biblioteca: los trozos de cristal, al caer encima de la tarima, lo despertaron por fin. Se apresuró a disculparse con la señorita de La Mole; quiso ser cortés, pero fue solo cortés. A Mathilde le resultó evidente que le había estorbado y que habría preferido pensar en lo que tenía en la cabeza antes de que llegase que hablar con ella. Tras haber estado mucho rato mirándolo, se fue despacio. Julien la miraba andar. Disfrutaba del contraste entre la sencillez con que iba vestida ahora y la espléndida elegancia del atavío de la víspera. La diferencia entre las dos fisonomías era casi igual de llamativa. Aquella joven, tan altanera en el baile del duque de Retz, tenía en aquellos momentos una mirada casi suplicante. «La verdad —se dijo Julien— es que ese vestido negro hace que le luzca más aún la hermosura del talle. Tiene un porte de reina: pero ¿por qué va de luto?




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