Rojo y negro
Rojo y negro «¿Acaso he hecho yo algo difícil que me dé derecho a juzgar a unos pobres diablos que, por fin, una vez en la vida, se atrevieron y empezaron a actuar? Soy como un hombre que, al levantarse de la mesa, exclama: “Mañana no cenaré”, y eso no le impide estar fuerte y vivaracho, como lo hoy lo estoy yo. ¿Quién sabe qué se siente a mitad de camino de una gran acción?» Estos pensamientos elevados los perturbó la llegada inesperada de la señorita de La Mole, que entraba en la biblioteca. Julien estaba tan entusiasmado con su admiración por las grandes virtudes de Danton, de Mirabeau y de Carnot, que supieron no dejarse vencer, que puso la vista en la señorita de La Mole, pero sin pensar en ella, sin saludarla y casi sin verla. Cuando por fin, esos ojos suyos, tan grandes y tan abiertos, se percataron de esa presencia, se le apagó la mirada. La señorita de La Mole lo notó con amargura.