Rojo y negro
Rojo y negro »¿Qué estoy diciendo? Se habrÃa vendido a la Congregación; serÃa ministro; porque, vamos, el gran Danton robó, Mirabeau se vendió también. Dicen que Napoleón robó millones en Italia, porque en caso contrario lo habrÃa detenido en seco la pobreza, igual que a Pichegru. El único que no robó nunca fue La Fayette. ¿Hay que robar, hay que venderse?», pensó Julien. Esa pregunta lo detuvo en seco. Se pasó el resto de la noche leyendo la historia de la Revolución.
Al dÃa siguiente, mientras redactaba las cartas en la biblioteca, seguÃa pensando en la conversación con el conde Altamira.
«En realidad —se decÃa, tras estar mucho rato ensimismado—, si esos españoles liberales hubieran comprometido al pueblo con crÃmenes, no habrÃan acabado con ellos con tanta facilidad. Fueron unos niños orgullosos y charlatanes… ¡como yo!», exclamó de repente Julien, como si se despertase sobresaltado.