Rojo y negro

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Cuando decía estas palabras, el coche del conde, que llevaba a casa a Julien, se detuvo delante del palacete de La Mole. Julien estaba enamorado de aquel conspirador. Altamira le había hecho este hermoso elogio que estaba claro que nacía de un hondo convencimiento: «No tiene usted la superficialidad francesa y entiende el principio de lo útil». Daba la casualidad de que Julien había visto la antevíspera Marino Faliero, tragedia de Casimir Delavigne.

«¿No tiene Israel Bertuccio[45] más carácter que todos esos nobles venecianos? —se decía nuestro plebeyo sublevado—. Y, sin embargo, son personas cuya probada nobleza se remonta al año 700, un siglo antes de Carlomagno, mientras que toda la nobleza más rancia que estaba esta noche en el baile del señor de Retz, no se remonta, y eso a trancas y barrancas, más que hasta el siglo XIII. Pues bien, de entre esos nobles de Venecia, tan grandes por el nacimiento, es a Israel Bertuccio a quien recordamos.

»Una conspiración da al traste con todos los títulos fruto de los caprichos sociales. En semejante circunstancia, un hombre ocupa de entrada el rango que le asigna su forma de enfrentarse con la muerte. Incluso la inteligencia pierde su imperio…

»¿Qué sería en la actualidad, en este siglo de los Valenod y de los Rênal? Ni siquiera sustituto del fiscal del reino…


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