Rojo y negro
Rojo y negro Y su fisonomÃa revelaba ese desprecio que no es sino más punzante porque se nota que la cortesÃa impone la obligación de ocultarlo.
—Está usted aquÃ, señor conde. ¿No es pensamiento, y conspirativo además?
—Estoy aquà por mi apellido. Pero en los salones franceses aborrecen el pensamiento. No debe ir más allá de la agudeza que remata una estrofa de vodevil, y entonces lo premian. Pero al hombre que piensa, si tiene energÃa y salidas nuevas, lo llaman aquà cÃnico. ¿No fue asà como uno de sus jueces llamó a Courier[43]? Lo metieron ustedes en la cárcel, igual que a Béranger[44]. Todo lo que vale algo aquà por inteligente, la Congregación se lo echa a la policÃa correccional; y la buena sociedad aplaude.
»Y es que esta sociedad suya envejecida valora por encima de todo las conveniencias… Nunca irán más allá de la valentÃa militar; tendrán hombres como Murat, pero nunca hombres como Washington. No veo en Francia sino vanidad. Un hombre que inventa según habla llega con facilidad a un arranque imprudente y el dueño de la casa piensa que lo ha deshonrado.