Rojo y negro

Rojo y negro

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«Tengo que tomar ponche y que bailar mucho —se dijo—; quiero escoger lo mejor e impresionar cueste lo que cueste. Vaya, aquí viene ese impertinente tan notorio, el conde de Fervaques.» Aceptó su invitación y bailaron. «Se trata de ver —pensó— quién de los dos será más impertinente; pero para burlarme bien de él tengo que hacerlo hablar.» No tardaron quienes estaban bailando la contradanza en no hacerlo sino para guardar las formas. Nadie quería perderse ni una de las salidas mordaces de Mathilde. El señor de Fervaques se azaraba y, como solo daba con palabras elegantes en vez de con ideas, hacía visajes; Mathilde, que estaba malhumorada, fue cruel con él y se granjeó su enemistad. Bailó hasta que se hizo de día y se retiró por fin espantosamente cansada. Pero, en el coche, las pocas fuerzas que le quedaban las siguió empleando en sentirse triste y desgraciada. Julien la había despreciado y ella no podía despreciarlo.

Julien estaba en el colmo de la dicha; sin saberlo él, lo tenían arrobado la música, las flores, las mujeres hermosas, la elegancia general y, más que cualquier otra cosa, su imaginación, que soñaba con distinciones para él y con libertad para todos.

—¡Qué baile tan hermoso! —le dijo al conde—. No falta de nada.

—Falta el pensamiento —contestó Altamira.


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