Rojo y negro
Rojo y negro —¿HarÃa caer las cabezas, quiere usted decir, y no serÃa un girondino, como me daba usted a entender el otro dÃa? Le contestaré —dijo Altamira con cara de tristeza— cuando haya matado a un hombre en duelo, cosa que, bien pensado, es mucho menos fea que mandar que lo ejecute un verdugo.
—La verdad —dijo Julien—, quien quiere el fin quiere los medios: si en vez de ser un átomo tuviera algún poder, mandarÃa ahorcar a tres hombres para salvar a cuatro.
Se le leÃan en los ojos el ardor de la conciencia y el desprecio por las opiniones vanas de los hombres; se cruzaron con los de la señorita de La Mole, que estaba muy cerca, y ese desprecio, en vez de convertirse en una expresión amable y cortés, pareció aumentar.
Eso la escandalizó mucho, pero no estuvo ya en su mano olvidar a Julien; se alejó despechada, llevándose consigo a su hermano.