Rojo y negro
Rojo y negro »Usted y yo seremos los únicos de sangre pura, pero a mà me despreciarán, y me odiarán casi, como a un monstruo sanguinario y jacobino, y a usted lo despreciarán sencillamente como a un hombre del pueblo que es un intruso entre las personas de la alta sociedad.
—Nada más cierto —dijo la señorita de La Mole.
Altamira la miró asombrado. Julien ni se dignó mirarla.
—FÃjese en que la revolución a cuya cabeza me hallé —siguió diciendo el conde Altamira— no triunfó solo porque no quise consentir en que cayeran tres cabezas y repartir entre nuestros partidarios entre siete y ocho millones que habÃa en una caja cuya llave tenÃa yo. Mi rey, que ahora está deseando colgarme y que antes de la sublevación me llamaba de tú, me habrÃa concedido el gran cordón de su orden si yo hubiese hecho caer esas tres cabezas y hubiera repartido el dinero de esas cajas, pues habrÃa conseguido al menos un éxito a medias y mi paÃs habrÃa tenido una carta magna, la que fuera… Asà va el mundo, es una partida de ajedrez.
—Entonces —dijo Julien, echando fuego por los ojos—, no conocÃa ese juego: ahora…