Rojo y negro
Rojo y negro —Peor me lo pone —dijo Julien—; cuando se cometen crÃmenes al menos hay que disfrutar al cometerlos; solo tienen eso de bueno e incluso solo es posible justificarlos por esa razón.
La señorita de La Mole, olvidada por completo de sus obligaciones para consigo misma, se habÃa situado casi por completo entre Altamira y Julien. Su hermano, que le daba el brazo, acostumbrado a obedecerla, miraba hacia otro lado del salón y, para guardar las formas, fingÃa que no lo dejaba pasar el gentÃo.
—Tiene razón —decÃa Altamira—; lo hacemos todo sin disfrutar de ello y sin recordarlo, incluso los crÃmenes. Puedo señalarle en este baile hasta diez hombres que se condenarán, por asesinos. Ya no se acuerdan ni el mundo tampoco[42].
»Algunos de ellos se emocionan tanto que lloran si su perro se rompe una pata. En Le Père-Lachaise, cuando arrojan flores sobre su tumba, como dicen de forma tan graciosa en ParÃs, nos informan de que reunÃan en sà todas las virtudes de los valientes caballeros de antaño, y se habla de los grandes hechos de su bisabuelo, que vivÃa en el reinado de Enrique IV. Si pese a los buenos oficios del prÃncipe de Araceli no me ahorcan y se da el caso de que pueda disponer de mi fortuna en ParÃs, tengo empeño en invitarlo a cenar con ocho o diez asesinos colmados de honores y sin remordimientos.