Rojo y negro
Rojo y negro —¿Ese fue el precio que pagó por él? —dijo Julien ansiosamente.
—No exactamente —contestó Altamira sin inmutarse—. A lo mejor mandó tirar al rÃo a unos treinta terratenientes de su paÃs con fama de liberales.
—¡Qué monstruo! —siguió diciendo Julien.
La señorita de La Mole, que adelantaba la cabeza con el interés más vehemente, estaba tan cerca de él que sus hermosos cabellos casi le rozaban el hombro.
—¡Es usted muy joven! —contestaba Altamira—. Le estaba diciendo que tengo una hermana casada en Provenza; todavÃa es bonita, y es buena, dulce, una excelente madre de familia que cumple con todos sus deberes, piadosa, pero no beata.
«¿Dónde quiere ir a parar?», pensaba la señorita de La Mole.
—Es feliz —siguió diciendo el conde Altamira—; lo era en 1815. Estaba yo entonces escondido en su casa, en su finca próxima a Antibes; bien, pues, cuando se enteró de la ejecución del mariscal Ney, ¡se puso a bailar!
—¿Será posible? —dijo Julien, aterrado.
—Es el espÃritu de partido —siguió diciendo Altamira—. Ya no quedan pasiones auténticas en el siglo XIX; por eso la gente se aburre tanto en Francia. Se cometen las mayores crueldades, pero sin crueldad.